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El frío y la calefacción favorecen la pérdida de agua transepidérmica a través de la piel, lo que provoca deshidratación, fragilidad cutánea y una mayor facilidad para que aparezcan irritaciones, enrojecimiento y descamación.
En invierno, el frío reduce la producción de sebo, que es esencial para mantener la piel flexible y protegida, mientras que la calefacción disminuye de forma notable la humedad ambiental. La suma de estos dos factores.
“En los meses de enero y febrero se observa un aumento significativo de las consultas dermatológicas, ya que la piel se ve sometida a condiciones ambientales extremas que alteran su equilibrio natural", explica Laura Redondo, profesora Departamento de Biomedicina y Odontología de la Universidad Europea de Andalucía.
Las afecciones más habituales incluyen la aparición de sequedad, sensación de tirantez, descamación y picor, indicativos de una alteración de la barrera protectora cutánea. Por eso es frecuente el empeoramiento de patologías inflamatorias preexistentes como la dermatitis atópica, la dermatitis seborreica, la rosácea o la psoriasis. Y también son comunes las grietas en manos y labios, zonas especialmente expuestas al frío y al lavado frecuente, así como la sensación de piel más sensible o reactiva incluso en personas que no presentan problemas dermatológicos el resto del año”, según explica
Pero el invierno no solo impacta a nivel físico. El estrés post-navideño, marcado por la vuelta a la rutina, la llamada cuesta de enero o unos propósitos para el nuevo año demasiado exigentes, también juegan un papel clave. La profesora Redondo explica que “en este tipo de situaciones la piel se comporta de una manera diferente a la habitual, siendo más sensible y propensa a procesos inflamatorios, lo que da lugar a una mayor reactividad. Por este motivo, en episodios de estrés, los problemas cutáneos se acrecientan, especialmente la dermatitis, la rosácea, la psoriasis o el acné”.
La especialista de la Universidad Europea recomienda utilizar en esta época del año productos de limpieza suaves que no eliminen los lípidos naturales de la piel y aplicar a diario hidratantes formulados para reforzar la barrera cutánea, especialmente aquellos que contienen lípidos similares a los fisiológicos como las ceramidas y ácidos grasos, así como hidratantes y humectantes como la glicerina, ácido hialurónico y vitaminas del grupo B.
Pero lanza una advertencia para acabar: “el cambio ambiental, el fío y la humedad, hacen que la piel se encuentre más seca, y por eso se tiende al consumo de productos más oclusivos, con el fin de hidratar más o sentir alivio ante esa sequedad, cuando en realidad puede ser contraproducente para patologías como el acné, por ejemplo. Y eso, unido al estrés y a una menor exposición a la luz solar, puede favorecer la obstrucción del poro y la inflamación”.