9 de abril, 2026
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El 75% de los españoles consume suplementos, pese a que los expertos advierten que la mayoría no los necesita si mantiene una dieta equilibrada. Su uso sin control puede implicar riesgos: desde interacciones con fármacos hasta productos con sustancias no declaradas, en un mercado con escasa regulación.

Los suplementos se han convertido en el remedio rápido para casi todo. En una época marcada por la prisa y la búsqueda de soluciones inmediatas, estos productos se presentan como imprescindibles.

La revista Consumer informa de que, según un estudio de Ipsos, la pandemia de la covid-19 aceleró el interés de las nuevas generaciones por la salud y el bienestar y muchas personas incorporaron los suplementos a sus rutinas diarias. A ello se suma el papel de las redes sociales, en las que se ha popularizado el llamado biohacking, un conjunto de prácticas que promete “optimizar” el cuerpo mediante dietas, suplementos, técnicas mentales o tecnología.  Hay otros factores que han acelerado el proceso: el recelo hacia los compuestos químicos (quimifobia), la omnipresencia de influencers sin formación científica que recomiendan este tipo de productos y la tendencia a buscar soluciones rápidas a problemas complejos.

El resultado: las ventas de complementos alimenticios crecieron en los últimos años. La facturación en España de este sector se situó en 2023 en más de 2.000 millones de euros, 300 millones más que en 2017, según la Federación Española de Industrias de la Alimentación y Bebidas (FIAB). Según los datos de un estudio de 2023 de la Academia Española de Nutrición y Dietética, el 75% de la población española afirma haber tomado algún tipo de suplemento durante el último año, y 7 de cada 10 lo han hecho para mejorar su estado de salud. Eduard Baladía, dietista-nutricionista y coautor del estudio, considera que un 75% es demasiado. “No tanta gente necesita ese suplemento que toma. Hay un fenómeno de marketing y la mayoría de las veces no se requieren suplementos si no hay una deficiencia clara”, señala Baladía.

De hecho, es cierto que se prescriben en determinadas circunstancias muy específicas. “Hay situaciones en las que existe la necesidad de suplementación; por ejemplo, cuando hay un déficit de hierro diagnosticado o el del ácido fólico durante el embarazo”, apunta Baladía. Por su parte, Beatriz Collado, doctora en Bioquímica, biología molecular y farmacéutica comunitaria, sí considera que la dieta actual puede ser deficiente en algunas vitaminas y minerales. “La población tiene niveles bajos de vitamina D si no se suplementa”, apunta la especialista. No obstante, en la mayoría de ocasiones, no suelen hacer falta. “El marketing nos ha convencido de que nuestra dieta es insuficiente, y eso es un mensaje muy peligroso por que desplaza la importancia de la comida real”, añade Baladía. Para saber si realmente necesitamos ese suplemento, ambos expertos coinciden en que hay que ponerse en manos de profesionales sanitarios, que son quienes van a determinar su necesidad, pero sobre todo insisten en la importancia de alejarse del marketing y de los consejos de influencers sin formación científica.

Lo natural no siempre es mejor

Los suplementos pueden proceder del reino vegetal, del animal  o ser sintetizados en un laboratorio. La diferencia fundamental radica en que, mientras los naturales extraen complejos de sustancias directamente de una fuente biológica, los sintéticos son réplicas químicas exactas fabricadas de forma controlada. Sin embargo, esta distinción es más comercial que funcional; una molécula de vitamina C es idéntica para nuestro cuerpo tanto si viene de una naranja como de una probeta, y el origen “natural” no es un salvoconducto de seguridad ni el “sintético” una señal de peligro. “Como dietista-nutricionista, la etiqueta ‘natural’ sobra. Hay que hablar de suplementos necesarios o no necesarios, efectivos o no efectivos”, expone Baladía. Beatriz Collado, que también es vocal de Alimentación y Nutrición del Colegio Oficial de Farmacéuticos de Madrid (COFM), está de acuerdo y añade: “La gente busca tomar un complemento nutricional que no tenga efectos colaterales negativos, algo que atribuyen a lo ‘natural’, y eso no es así. Hay muchos compuestos naturales que pueden tener efectos secundarios negativos”. Muchos se decantan por tomar suplementos naturales para no contribuir al negocio de la farmaindustria, pero “muchas veces son las mismas farmacéuticas las que venden estos productos y, al final, acabamos haciendo ricos a los mismos”, señala Baladía.

Los suplementos también tienen riesgos

La publicidad y la extrema facilidad con la que se pueden comprar los suplementos, junto con la baja percepción de riesgo que tiene la mayoría de los consumidores, pueden llevar a situaciones de peligro para la salud. En el mejor de los casos, solo estaremos tirando el dinero en productos que no funcionan, pero las consecuencias adversas pueden ser de otra índole.

  1. Interacción con otros fármacos. El uso de suplementos puede alterar o reducir el efecto terapéutico de algunos medicamentos.
  2. Retraso diagnóstico. A veces el uso de un suplemento natural puede tapar los síntomas de una enfermedad, por lo que se demora la consulta médica y la patología se puede agravar.
  3. Efectos adversos directos. Cualquier tratamiento que tomemos, sea un medicamento o un suplemento, puede tener un efecto favorable, pero también puede producir con secuencias adversas. En muchos casos, los efectos secundarios de los suplementos suelen ser leves, como problemas gastrointestinales, náuseas o vómitos, pero, en algunas ocasiones, el daño puede ser mayor, en especial en niños y en mujeres embarazadas.
  4. Contaminación con sustancias no declaradas. Un estudio de 2017 en el que también participó Eduard Baladía concluyó que entre el 12% y el 58% de los suplementos deportivos analizados contenían sustancias dopantes no reflejadas en el etiquetado: estimulantes, esteroides anabólicos y derivados hormonales como testosterona, androsterona o nandrolona.

Escaso control de las autoridades

En la Unión Europea los suplementos están regulados por la directiva 2002/46/CE como complementos alimenticios. Se trata de una suerte de cajón en el que se incluyen vitaminas, minerales, productos “quemagrasas” o compuestos botánicos en cápsulas, entre otros productos. Este marco legal no garantiza su eficacia, ya que al ser considerados como alimentos no se exige una evaluación previa de su efecto para ponerse a la venta. Por tanto, “esto hace que las pruebas sobre su eficacia y seguridad que tienen que pasar sean totalmente distintas a las de los fármacos, a pesar de que en muchas ocasiones se usan como medicamentos o como sustitutos de ellos”, explica el dietista-nutricionista.

Un medicamento está sujeto a una regulación exhaustiva y muy rigurosa que ha pasado por la Agencia Europea del Medicamento y por la Agencia Española del Medicamento. Pasan una serie de controles que un complemento nutricional, por desgracia, nunca va a tener”, advierte Collado. En el caso de los complementos alimenticios, un fabricante puede usar una “declaración de propiedades saludables” aprobada por la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA), como “el omega 3 contribuye al funcionamiento normal del corazón”, siempre que el producto contenga una cantidad mínima de ese compuesto. “Los complementos tendrían que estar regidos por una legislación similar a la de los medicamentos, sin embargo, están sujetos a la misma legislación que los alimentos”, añade la farmacéutica Beatriz Collado. Estos fallos en la regulación hacen que en el mercado podamos encontrar complementos bien formulados y con ingredientes de calidad junto con otros productos de pésima calidad y que no cumplen lo que prometen. En definitiva, que un suplemento se presente como “natural” no significa que sea necesario, eficaz o inocuo. Antes de recurrir a pastillas o extractos, conviene preguntarnos si realmente los necesitamos o si podemos cubrir esas carencias con una alimentación equilibrada y hábitos saludables. La mayoría de las personas sanas no requieren suplementos y, cuando sí están indicados, deben utilizarse con asesoramiento de un profesional sanitario.

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