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Los estudios poblacionales realizados en España han identificado un consumo calórico suficiente pero señalan un margen claro de mejora en la densidad nutricional, con brechas en la ingesta de fibra, omega-3, vitamina D y folatos.
En el marco del Día Mundial de la Alimentación, que se conmemora el 16 de octubre, la conversación sobre la nutrición está evolucionando desde el mero cómputo calórico hacia la densidad nutricional y la adecuación de los patrones dietéticos cotidianos. En un entorno marcado por ritmos de vida acelerados y cambios en la cesta de la compra, surge una pregunta clave: ¿hasta qué punto tener acceso a suficiente energía garantiza una nutrición óptima?
“Podemos cubrir perfectamente nuestras necesidades calóricas y, al mismo tiempo, estar construyendo una dieta pobre en fibra, determinados micronutrientes o grasas esenciales”, explica Carlos Morales, Product Manager de Aurora Intelligent Nutrition (AIN). “Esa es probablemente la versión moderna del hambre oculta: suficiente energía, pero una densidad nutricional insuficiente”.
En los últimos años, el debate público se centra, principalmente, en la ingesta proteica. Sin embargo, los análisis del patrón alimentario en España muestran que las principales brechas nutricionales se encuentran en otros frentes.
“Tenemos una enorme conversación alrededor de añadir proteína a todo y bastante menos alrededor de si estamos llegando a la fibra. La fibra es un macronutriente esencial para la salud como las proteínas y las grasas, pero probablemente sea una de las insuficiencias nutricionales más comunes y menos llamativas de nuestra dieta”, matiza Carlos Morales.
Desde AIN recalcan la importancia de diferenciar entre una ingesta dietética insuficiente reflejada en cuestionarios poblacionales y un diagnóstico clínico de deficiencia. “Las carencias más interesantes son precisamente las que no avisan inmediatamente. Nadie se levanta un martes diciendo “hoy me falta magnesio o folato”. Por eso hay que mirar patrones dietéticos y datos clínicos cuando proceda, no convertir cada posible insuficiencia poblacional en una invitación automática a suplementarse”, añade Morales.
De acuerdo con la normativa vigente y las directrices de la AESAN, los complementos alimenticios no deben utilizarse como sustitutos de una dieta variada y equilibrada. Su función es dar respuesta a un hueco nutricional específico, a una necesidad fisiológica concreta o a restricciones dietéticas determinadas.
“Un suplemento debería rellenar un hueco, no justificar que dejemos el hueco abierto. Si alguien come poca fruta y verdura, darle vitamina C no convierte automáticamente esa dieta en equivalente a una rica en vegetales. La suplementación aporta una molécula concreta, no reconstruye la matriz completa del alimento”, puntualiza Morales.
Como recuerda el Comité Científico de la AESAN, los alimentos no son solo sumas de nutrientes aislados: aportan una matriz compleja de fibra, agua, minerales y compuestos bioactivos que interactúan entre sí. Además, el hecho de comer también implica aspectos sociales, culturales y gastronómicos que no pueden ser encapsulados.
A la hora de valorar un complemento alimenticio, es recomendable fijarse en la transparencia del etiquetado europeo: ingrediente activo, dosis por toma diaria y forma química utilizada.
“Miraría tres cosas antes que el diseño del frontal: qué ingrediente contiene, cuánto contiene y en qué forma. Un gran ingrediente en una dosis testimonial sigue siendo una dosis testimonial”, señala Carlos Morales. Precisamente en este sentido, la innovación en la industria nutricional avanza hacia formulaciones que aporten mayor estabilidad, biodisponibilidad, palatabilidad y tolerancia digestiva.
De cara al futuro, el reto de la nutrición inteligente es evolucionar desde la búsqueda de “ingredientes estrella” genéricos hacia la personalización y la nutrición contextual, diseñando soluciones enfocadas en las necesidades individuales, la etapa vital y el estilo de vida de cada persona.
“La siguiente generación de nutrición inteligente no consistirá en tomar más cosas. Consistirá en saber de forma individual qué necesitamos, cuánto necesitamos, en qué momento y en qué formato tiene sentido administrarlo. Estamos pasando del ingrediente al sistema”, concluye Carlos Morales