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La regulación respiratoria, la reevaluación cognitiva y la atención plena son herramientas clave para transformar el modo en que el cerebro procesa y regula las situaciones de estrés. “Todas estas estrategias transforman la forma en la que el cerebro anticipa, procesa y regula el estrés”, afirma Helena López-Casares, doctora en Neurociencia Cognitiva Organizacional y profesora de la Universidad Europea.
Es posible tomar el control de nuestra respuesta al estrés y reeducar al cerebro para que gestione la presión de una forma más saludable y eficaz. Helena López-Casares, doctora en Neurociencia Cognitiva Organizacional y profesora de la Universidad Europea, afirma que “desde la neurociencia, se considera que la respuesta al estrés se puede modular a través de procesos de regulación en los que la corteza prefrontal ejerce control sobre estructuras como la amígdala”.
Para lograr este control se pueden llevar a cabo varias estrategias sencillas. La primera es la regulación respiratoria, que permite influir directamente sobre el sistema nervioso autónomo y reduce la hiperactivación fisiológica. La experta de la Universidad Europea señala que “otra herramienta clave es la reevaluación cognitiva, es decir, la reinterpretación de una situación potencialmente estresante desde un marco menos amenazante y más seguro. Asimismo, las prácticas de atención plena mejoran la regulación emocional, completando un conjunto de técnicas que transforman la forma en la que el cerebro anticipa, procesa y regula el estrés”.
El descanso es otro de los pilares fundamentales. Lejos de ser un tiempo perdido, el sueño es un proceso activo y organizado, que es fundamental para las homeostasis cerebrales. Durante la noche, el cerebro aprovecha para repararse y optimizar su funcionamiento, ya que se fortalecen las defensas, se consolidan la memoria y el aprendizaje y se activan mecanismos de limpieza de residuos tóxicos. López-Casares explica que “tiene implicaciones directas en la prevención del deterioro cognitivo y produce una recalibración de los circuitos emocionales, una especie de puesta a punto que permite afrontar los estímulos del día siguiente con mayor equilibrio”.
Por otro lado, los hábitos diarios también son determinantes. La doctora en neurociencia cognitiva organizacional destaca que “el cerebro tiene la capacidad de modificar su estructura y función, un fenómeno conocido como plasticidad cerebral, y factores relacionados con el estilo de vida como son la alimentación y el ejercicio influyen en ella”. El ejercicio físico regular favorece la supervivencia neuronal, la creación de nuevas conexiones neuronales y la neurogénesis mejorando la función cognitiva y el equilibrio. Mientras que las dietas ricas en grasas saludables y antioxidantes proporcionan al cerebro la energía y los nutrientes necesarios para regular la función cognitiva y mantener el bienestar.
Para que estos hábitos perduren, la clave está en superar la tendencia natural a la inercia. López-Casares aclara que “los seres humanos manifestamos una resistencia al cambio, aun cuando éste sea positivo, por lo que desde la neurociencia se sugiere que los cambios sean graduales y abordables para consolidar las nuevas conexiones neuronales”. Junto a la repetición, añade que “la recompensa del resultado también desempeña un papel fundamental”. Aprender a identificar las señales de bienestar ayuda a que la nueva costumbre se fije a largo plazo.