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Lara Feliu, nieta de Ana María Lajusticia, directora de Marketing y Comunicación de la marca y técnica nutricionista, comparte su expreriencia con la maternidad. El inicio del verano se ha convertido en un periodo especialmente intenso para muchas familias con hijos en edad escolar, marcado por la conciliación, el final de curso y el aumento del estrés. El bienestar físico y emocional cobra especial relevancia y el cuidado personal se adapta a las nuevas rutinas y exigencias de la temporada.
Hay un antes y un después muy claro en mi vida. Y ese antes y después tiene nombre: maternidad. Antes de ser madre, junio era una de mis épocas favoritas del año. Sí, a pesar de todo el cansancio acumulado, del calor que empieza a apretar y de las noches que se acortan y que acabas siendo un ventilador porque no hay quien duerma. Pero también con esa sensación de que el verano llegaba para ti. Para sentarte en una tumbona sin mirar el reloj. Para leer un libro en la orilla del mar sin despegar los ojos de las páginas. Para irte de viaje con poco equipaje y menos logística. Ahora soy madre. Y junio es otra cosa.
Julio, con hijos en edad escolar, es probablemente uno de los meses más intenso del año. Y lo digo con todo el amor del mundo hacia mis hijos, porque lo que voy a describir no es una queja, es simplemente la realidad de muchas familias. En pocas semanas tienes que gestionar: el final del curso con todo lo que implica (actos, festivales, notas, reuniones), la organización del verano de los niños (campamentos, abuelos, actividades, conciliar con el trabajo), el calor que empieza a romper las rutinas de sueño de toda la familia, y encima tú sigues con tu ritmo laboral normal, porque en el trabajo junio/Julio/Agosto no es vacaciones, y es cierre de trimestre.
El resultado es una acumulación de estrés que el cuerpo nota antes de que la mente quiera reconocerlo. Tensión muscular. Peor descanso. Menos paciencia. Esa sensación de estar siempre a punto de olvidar algo importante. Y entonces te acuerdas. De aquel verano de hace siete años en que te tomabas un café con calma y leías un libro entero.
Por eso en estas semanas el Magnesio Total 5 de Ana María Lajusticia® no se mueve de mi rutina. La combinación de cinco sales de magnesio es especialmente útil porque cada una tiene una biodisponibilidad y un ritmo de absorción diferente, lo que permite que el efecto sea más sostenido a lo largo del día. Cuando noto que el cuerpo está tenso, que acumulo contracturas o que simplemente me cuesta más recuperarme, es lo primero a lo que recurro. Además, el estrés sostenido, ese que no es un susto puntual sino el de las semanas de coordinación constante, aumenta significativamente las necesidades de magnesio del organismo. No es un dato menor: el magnesio interviene en más de 300 reacciones bioquímicas, y cuando estamos bajo presión, lo consumimos mucho más rápido. El cuerpo lo prioriza para gestionar el estrés, y si no lo reponemos, empezamos a notar las consecuencias: contracturas, tensión, dificultad para desconectar por las noches.
Pero hay otro frente igual de importante: el descanso y el equilibrio emocional. Porque una cosa es el cansancio físico, y otra es esa saturación mental que hace que, aunque estés tumbada en el sofá, la cabeza siga funcionando a pleno rendimiento repasando la lista de cosas pendientes.
Ahí es donde el Triptófano Plus con Ashwagandha, Rhodiola y Magnesio juega un papel fundamental. El triptófano es precursor de la serotonina y la melatonina, es decir, ayuda al cuerpo a regular tanto el estado de ánimo como el ciclo de sueño. La ashwagandha es uno de los adaptógenos con más respaldo científico para la gestión del estrés crónico, y la rhodiola trabaja en la fatiga mental y la resistencia al agotamiento. Es una combinación que tiene mucho sentido precisamente para este tipo de estrés: el que no para, el de fondo, el de quien coordina a mucha gente al mismo tiempo.
Y luego está mi incondicional de siempre: el Colágeno con Magnesio. En verano me parece todavía más necesario. La exposición solar acelera la degradación del colágeno en la piel, y si encima nos movemos más (más actividad, más viajes, más caminar), las articulaciones y los tejidos agradecen ese aporte extra. Para mí es el pilar de la rutina que nunca abandono, aunque todo lo demás cambie.
Mi conclusión siempre es la misma: el verano no es el momento de dejar de cuidarse. Es el momento de adaptar ese cuidado a lo que la vida pide en ese instante.
Hay algo de lo que no se habla mucho y que creo que muchas madres (y padres) reconocerán: el pequeño duelo por el verano que ya no existe.
No es que el verano con hijos sea peor. Es diferente. Tiene una riqueza y una emoción que antes no existían. Ver a tus hijos descubrir el mar por primera vez, o escucharlos reírse en el agua, o leer con ellos antes de dormir en un sitio nuevo… eso no tiene precio.
Pero también es agotador de una manera que antes no conocías. Y a veces, en un momento de silencio se siente como un tesoro del pasado.
Lo que sí creo es que tenemos que dejar de normalizar llegar al verano completamente al límite. El verano no debería ser el punto de colapso justo antes de la recuperación. Y si el cuerpo nos está mandando señales, lo más inteligente es escucharlas.
Porque quizá la verdadera operación verano, la de las madres y los padres, no consiste en llegar perfectos a la playa. Consiste en llegar enteros.